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| IDEARIO |
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| Justificación: |
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Del mismo modo que para viajar en avión no necesitamos saber nada de aeronáutica; para beneficiarse de nuestros servicios, no necesita el alumno suscribir, y ni siquiera conocer, nuestro ideario o conceptos de docencia que manejamos. Esta sección va por tanto dirigida principalmente a nuestros profesores y candidatos a profesores; y, ya de paso, a todos aquellos alumnos y clientes que pudieran abrigar alguna curiosidad al respecto.
Decir que, aunque el ideario está más bien orientado al campo de la docencia de apoyo, que es donde más hay que afinar en nuestro trabajo, todo el texto es perfectamente extrapolable al campo de la formación para empresas y profesionales. En cualquier curso cada alumno se encontrará con las dificultades normales que atraviesa un estudiante en su formación. En los cursos a empresas y profesionales el profesor debe generalmente dedicar más tiempo a proporcionar información (explicar). Sin embargo, tampoco debe olvidar la parte del trabajo que se refiere a lograr que los alumnos aprendan y asimilen dicha información. A esta segunda parte del trabajo, es a lo que se hace referencia en esta sección. |
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| Presentación: |
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La información está en los libros, la inteligencia y el trabajo de estudio lo debe aportar el alumno. ¿Para qué sirve entonces un profesor?
La tarea del profesor consiste en suprimir las barreras que separan al alumno de la materia o asignatura que desea aprender. Estas barreras pueden ser de muchos tipos y son totalmente diferentes en cada alumno.
El trabajo del profesor es, por lo tanto, distinto con cada alumno. Es por esto que no se puede pensar una receta para el éxito de los profesores, ya que el método tiene que cambiar con cada alumno. Lo que sí que planteamos es una cierta forma de entender la docencia, un saber acerca del proceso de aprendizaje. Esto es tener un sistema, que no es lo mismo que una fórmula fija e inalterable, sino que se trata de un método complejo y en continua transformación.
El principio de funcionamiento de nuestros cursos, se basa en el conocimiento de que, para aprender, el alumno tiene que trabajar, tiene que mostrar al profesor algún trabajo. No vale con escuchar, tiene que demostrar que ha escuchado.
Esto que parece tan obvio, es a la vez lo más difícil para los profesores diletantes, que suelen preferir contentarse con sus propias exposiciones. Por otro lado, no son pocos los alumnos que prefieren adoptar un papel pasivo en su formación (como si esto fuera fácil), evitando, por los más sofisticados mecanismos, el tener que implicarse en aquello que les toca aprender.
Estos son los dos trabajos fundamentales que corresponden al profesor. Por un lado, debe trabajar contra su propio narcisismo, evitando hacer ostentación de sus conocimientos, para permitir que el alumno ostente sus errores y trabas. Por otro lado, el profesor debe luchar contra todas las convicciones del alumno que lo lleven a pensar que puede aprender sin hacer ningún trabajo, que lo lleven a no estudiar. A estas convicciones el profesor tan sólo puede oponer su propia convicción en lo contrario. Si has tenido el suficiente éxito en tus estudios como para llegar a profesor, seguro que esta convicción estará bien asentada. En cualquier caso, en Cartagena99 contribuiremos notablemente a fortalecerla. |
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| Textos recomendados: |
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Nos gustaría recomendar algunos textos que sabemos erán de suma utilidad para nuestros profesores. Aquellos que contienen alguna carga teórica corresponden a autores reconocidos. Por nuestra parte nos hemos limitado a redactar algunos textos básicos, a modo de manuales, para guiar a nuestros profesores en sus primeros pasos. Iremos añadiendo nuevos textos a esta sección.
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| · La Rosa de Paracelso (J.L. Borges). |
| · Los diez mandamientos del Profesor (George Pólya (1887-1985)). |
| · Poesía y Psicoanálsis (fragmento de conferencia) (Miguel Oscar Menassa) |
| · El trabajo del profesor (Cartagena99). |
| · Directivas básicas para nuevos profesores (Caragena99). |
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| Textos de profesores: |
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| Aquí publicamos algunos textos de nuestros profesores. |
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| · La repetición en el proceso de aprendizaje (Kepa Ríos Alday). |
| · Aprender un nuevo idioma (Ángela Gallego Abad). |
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La Rosa de Paracelso
En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.
-Estás equivocado ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.
JORGE LUIS BORGES
Argentina, 1899 |
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| Los diez mandamientos del Profesor
(George Pólya (1887-1985))
1. Demuestre interés por su materia. Si el profesor se aburre, toda la clase se aburrirá.
2. Domine su materia. Si un tema no le interesa personalmente, no lo enseñe, porque no será Vd. capaz de enseñarlo adecuadamente. El interés es una condición necesaria, pero no suficiente. Cualesquiera que sean los métodos pedagógicos utilizados, no conseguiréis explicar algo claramente a vuestros estudiantes si antes no lo habéis comprendido perfectamente. De ahí este segundo mandamiento. El interés es el primero, porque, con algunos conocimientos junto con una falta de interés, se puede uno convertir en un profesor excepcionalmente malo.
3. Sea instruído en las vías del conocimiento: el mejor medio para aprender algo es descubrirlo por sí mismo. Se puede obtener gran provecho de la lectura de un buen libro o de la audición de una buena conferencia sobre la psicología del acto de aprender. Pero leer y escuchar no son absolutamente necesarios y en todo caso no son suficientes : hay que conocer las vías del conocimiento, estar familiarizados con el proceso que conduce de la experiencia al saber, gracias a la experiencia de vuestros propios estudios y a la observación de vuestros estudiantes.
4. Trate de leer en el rostro de sus estudiantes, intente adivinar sus esperanzas y sus dificultades; póngase en su lugar. Aunque uno se interese por el tema, lo conozca bien, se comprendan los procesos de adquisición de los conocimientos, se puede ser un mal profesor. Es raro, pero muchos hemos conocido profesores que, siendo perfectamente competentes, no eran capaces de establecer contacto con su clase. Ya que la enseñanza del uno debe acompañarse por el aprendizaje del otro, tiene que existir un contacto entre el Profesor y el estudiante. La reacción del estudiante a vuestra enseñanza depende de su pasado, de sus perspectivas y de sus intereses. Por lo tanto, téngase en consideración lo que saben y lo que no saben; lo que les gustaría saber y lo que no les importa; lo que deben conocer y lo que no importa que no sepan.
5. No les deis únicamente "saber", sino "saber hacer", actitudes intelectuales, el hábito de un trabajo metódico. El conocimiento consiste, parte en "información" y parte en "saber hacer". El saber hacer es el talento, es la habilidad en hacer uso de la información para un fin determinado; se puede describir como un conjunto de actitudes intelectuales; es la capacidad para trabajar metódicamente. En Matemáticas, el "saber hacer" se traduce en una aptitud para resolver problemas, construir demostraciones, examinar con espíritu crítico soluciones y pruebas. Por eso, en Matemáticas, la manera cómo se enseña es tan importante como lo que se enseña.
6. Enseñadles a conjeturar. Primero imaginar, después probar. Así es como procede el descubrimiento, en la mayor parte de los casos. El profesor de Matemáticas tiene excelentes ocasiones para mostrar el papel de la conjetura en el campo del descubrimiento y hacer así que los estudiantes adquieran una actitud intelectual fundamental. La conjetura razonable debe estar fundada en la utilización juiciosa de la evidencia inductiva y de la analogía, y encierra todos los conocimientos plausibles que pueden intervenir en el método científico.
7. Enseñadles a demostrar. "Las matemáticas son una buena escuela de razonamiento demostrativo". De hecho, la verdad va más allá: las matemáticas pueden extenderse al razonamiento demostrativo, que se infiltra en todas las ciencias desde que alcanzan un nivel matemático y lógico suficientemente abstracto y definido.
8. En el problema que estéis tratando, distinguid lo que puede servir, más tarde, a resolver otros problemas - intentad revelar el modelo general que subyace en el fondo de la situación concreta que afrontáis. Cuando presentéis la solución de un problema, subrayad sus rasgos instructivos. Una particularidad de un problema es instructiva si merece ser imitada. Un aspecto bien señalado, en un problema, y vuestra solución puede transformarse en un modelo de resolución, en un esquema tal que, imitándole, el estudiante pueda resolver otros problemas.
9. No reveléis de pronto toda la solución; dejad que los estudiantes hagan suposiciones, dejadles descubrir por sí mismos siempre que sea posible. He aquí una pequeña astucia fácil de aprender: cuando se empieza a discutir la solución de un problema, dejad que los estudiantes adivinen su solución. Quien tiene una idea o la ha formulado, se ha comprometido: debe seguir el desarrollo de la solución para ver si lo que ha conjeturado es exacto o no, con lo que no puede despistarse. Voltaire decía: "El secreto para ser aburrido es decirlo todo".
10. No inculquéis por la fuerza, sugerid. Se trata de dejar a los estudiantes tanta libertad e iniciativa como sea posible, teniendo en cuenta las condiciones existentes de la enseñanza. Dejad que los estudiantes hagan preguntas; o bien planteadles cuestiones que ellos mismos sean capaces de plantear. Dejad que los estudiantes den respuestas; o bien dad respuestas que ellos mismos sean capaces de dar. |
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| (George Pólya (1887-1985)) |
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Poesía y Psicoanálsis (fragmento de conferencia)
Miguel Oscar Menassa
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[...] En la intención no de afirmar mi discurso, sino, más bien, diluirlo y por otra parte ejemplificando, diré, que antes de la producción del Número Natural, en el mundo terráqueo, antes de la operación formal, suma, el símbolo humano quedaba reducido a lo proveniente de Dios y lo que del Verbo divino se trasmuta en metáfora poética. Tiempos donde el concepto de verdad no podría ser otro que el de verdad revelada, donde verdad es lo que se muestra en su estructura más profunda, más valedera, más absoluta, última, pero a pesar de eso es la experiencia sensible la que regula dicha verdad, ya que la verdad se trataría de descubrir a través de lo sensible y de las ilusiones sensoriales, el secreto, el misterio que anida en todo campo de la realidad. Y siempre se requieren ciertas condiciones para que lo que es se muestre. Esto viniendo de San Agustín tiene su expresión moderna en la filosofía de Heidegger, que termina diciendo que verdad es mostración, presentación, descubrimiento. La realidad como la verdad son la palabra de Dios.
En la realidad la palabra de Dios permanece, misteriosamente oculta y en la verdad, la palabra de Dios es palabra revelada, que una vez descubierta se muestra siendo la realidad, porque realidad y verdad son para Dios y para casi todos los filósofos contemporáneos, el mismo verbo.
Después, como decíamos, las ciencias nacientes (aritmética, geometría y luego la física), determinan el desarrollo de una nueva concepción de la verdad y por lo tanto, si ustedes se animan a pensarlo, una nueva concepción de la vida del hombre.
El primer planteo que se cuestiona la verdad, define el campo de la verdad en una relación. La relación del conocimiento y la realidad a nivel de existencia, es decir la relación entre el pensamiento y la existencia. Y sobre estos dos momentos se trabajan todas las soluciones de la verdad. Se prescinde de definir esa doble instancia, la real y la del conocimiento, para después definir en distintos términos contradictorios tesis que afirman existencia de lo real, o bien, tesis que suspenden la consideración de la existencia de lo real, o bien, que afirman la preeminencia del pensamiento.
Este primer planteo proviene de la filosofía antigua y allí se consideraba la caracterización de la verdad como un problema relacional. La relación del conocimiento (como proposición o como juicio) y los contenidos reales. La verdad resultaba de la relación de las proposiciones y su contenido, o su referencia intencional, o su conformidad o no conformidad con lo real.
Aristóteles dirá, negar lo que algo es, supone falsedad, lo cual también dice que verdad es afirmar lo que es, pero resulta que este "es" de Aristóteles remite a la experiencia, es la experiencia la que tiene que convalidar el valor de la verdad y es aquí donde se abren todos los criterios contemporáneos de verdad, todas las esencias actuales de la verdad. Esta primera verdad en función de una relación de conformidad, abierta por Aristóteles e iniciada por Platón, tiene su culminación en la filosofía escolástica que es la que acuña las fórmulas definitivas de la verdad.
La verdad es adecuación del intelecto a la cosa.
La verdad es adecuación de la cosa al intelecto.
Y una fórmula de conciliación, la verdad es adecuación del intelecto y la cosa.
Y ahora para modernizarnos aún más sin llegar a la verdad, si se afirma la preeminencia de lo conocido (en la fórmula anterior, la realidad) tenemos la fórmula del objetivismo. Si se afirma la preeminencia de las elaboraciones intelectuales, tengo la fórmula del subjetivismo. Si defino estas dos fórmulas ahora tengo posibles soluciones de interaccionismo o de conciliación, el intelecto determina la realidad, pero la realidad determina el intelecto y así tendríamos en apariencia una fórmula simétrica, ese interaccionismo se encuentra en las filosofías más modernas.
Y es que la:
Verdad es revelación.
Verdad es adecuación.
Verdad es coherencia.
Verdad es conformidad.
Verdad es lo útil.
Y sin necesidad de preguntarnos por la verdad verdadera, apuntaremos que para Freud la verdad no es adecuación, no es relación, no es revelación que surge allí, ni tampoco es el acuerdo con un sistema, sino que verdad para Freud, redefinida desde construcciones en psicoanálisis, es proceso.
Es decir que para definir una teoría más integrada de la verdad es necesario reformularse la filosofía, que hoy no vamos a hacer eso, pero sí señalar al psicoanálisis como la ciencia piloto en la redefinición de la filosofía y hacernos, ahora, ya que estamos conversando, una pregunta. ¿Qué relación tienen los procesos legales de las estructuras materiales con las elaboraciones del conocimiento científico? Al hacemos esta pregunta, tenemos que saber que intentamos pensar lo impensable en los términos de todas las proposiciones filosóficas anteriores.
¿Cómo el conocimiento va a poder entrar en la realidad?
¿Cómo nuestro conocimiento de la mesa va a entrar en la mesa?
El conocimiento entra en la realidad cuando dispongo del proyecto que la produce. Es decir, que nuestro conocimiento de la mesa, entra en la mesa cuando el carpintero tiene el proyecto que la realiza. Estas nuevas aproximaciones plantean un tiempo donde el ser del objeto, producto efecto de un proceso de trabajo, es simultáneamente materia y al mismo tiempo, razón.
Y no precisamente, porque una teoría haya ido caminando a meterse en el propio corazón de la materia prima para encontrar la verdad, sino que la verdad, por fin, es producto efecto de un proceso de trabajo. Y esto como vemos es un nuevo materialismo que si nos olvidamos de la ciencia de la historia, Freud abre, con la teoría del inconsciente. Donde la dialectización de este tipo de verdad está puesta por el error, la verdad surge, entonces, de la rectificación de los errores, y ésta es la fuente fundamental de la producción de la verdad, tanto psicoanalítica como poética. Y ahora pareciera que a algún sitio hemos llegado. [...]
Miguel Oscar Menassa |
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