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PARA LEER
 
Somos profesores, tenemos maestros:
 
· Concepto de Ruptura. Clase del libro Freud y Lacan Hablados, de Miguel Óscar Menassa.
· La Rosa de Paracelso (J.L. Borges).
· Los diez mandamientos del Profesor (George Pólya (1887-1985)).
· Poesía y Psicoanálsis (fragmento de conferencia) (Miguel Oscar Menassa)
 
Artículos del director de la academia:
 
· Blog del director (Se titula: blog de un profesor sobre temas de docencia).
· El trabajo del profesor (Cartagena99).
· Directivas básicas para nuevos profesores (Caragena99).
· La Repetición en el Proceso de Aprendizaje (Kepa Ríos Alday, 2006)
 
Justificación:
 

Del mismo modo que para viajar en avión no necesitamos saber nada de aeronáutica; para beneficiarse de nuestros servicios, no necesita el alumno suscribir, y ni siquiera conocer, nuestro ideario o conceptos de docencia que manejamos. Esta sección va por tanto dirigida principalmente a nuestros profesores y candidatos a profesores; y, ya de paso, a todos aquellos alumnos y clientes que pudieran abrigar alguna curiosidad al respecto.

Decir que, aunque el ideario está más bien orientado al campo de la docencia de apoyo, que es donde más hay que afinar en nuestro trabajo, todo el texto es perfectamente extrapolable al campo de la formación para empresas y profesionales. En cualquier curso cada alumno se encontrará con las dificultades normales que atraviesa un estudiante en su formación. En los cursos a empresas y profesionales el profesor debe generalmente dedicar más tiempo a proporcionar información (explicar). Sin embargo, tampoco debe olvidar la parte del trabajo que se refiere a lograr que los alumnos aprendan y asimilen dicha información. A esta segunda parte del trabajo, es a lo que se hace referencia en esta sección.

 
Presentación:
 

La información está en los libros, la inteligencia y el trabajo de estudio lo debe aportar el alumno. ¿Para qué sirve entonces un profesor?

La tarea del profesor consiste en suprimir las barreras que separan al alumno de la materia o asignatura que desea aprender. Estas barreras pueden ser de muchos tipos y son totalmente diferentes en cada alumno.

El trabajo del profesor es, por lo tanto, distinto con cada alumno. Es por esto que no se puede pensar una receta para el éxito de los profesores, ya que el método tiene que cambiar con cada alumno. Lo que sí que planteamos es una cierta forma de entender la docencia, un saber acerca del proceso de aprendizaje. Esto es tener un sistema, que no es lo mismo que una fórmula fija e inalterable, sino que se trata de un método complejo y en continua transformación.

El principio de funcionamiento de nuestros cursos, se basa en el conocimiento de que, para aprender, el alumno tiene que trabajar, tiene que mostrar al profesor algún trabajo. No vale con escuchar, tiene que demostrar que ha escuchado.

Esto que parece tan obvio, es a la vez lo más difícil para los profesores diletantes, que suelen preferir contentarse con sus propias exposiciones. Por otro lado, no son pocos los alumnos que prefieren adoptar un papel pasivo en su formación (como si esto fuera fácil), evitando, por los más sofisticados mecanismos, el tener que implicarse en aquello que les toca aprender.

Estos son los dos trabajos fundamentales que corresponden al profesor. Por un lado, debe trabajar contra su propio narcisismo, evitando hacer ostentación de sus conocimientos, para permitir que el alumno ostente sus errores y trabas. Por otro lado, el profesor debe luchar contra todas las convicciones del alumno que lo lleven a pensar que puede aprender sin hacer ningún trabajo, que lo lleven a no estudiar. A estas convicciones el profesor tan sólo puede oponer su propia convicción en lo contrario. Si has tenido el suficiente éxito en tus estudios como para llegar a profesor, seguro que esta convicción estará bien asentada. En cualquier caso, en Cartagena99 contribuiremos notablemente a fortalecerla.

 
 
Textos de maestros:
 
 

CONCEPTO DE RUPTURA EPISTEMOLÓGICA EN PSICOANALISIS. CONFERENCIA DICTADA EN 1981 EN LA ESCUELA DE PSICOANALISIS GRUPO CERO POR EL POETA Y PSICOANALISTA MIGUEL OSCAR MENASSA

 

En una reconstrucción moderna de la historia de las ciencias, de la historia del pensamiento del hombre, podríamos decir que el símbolo matemático es el primer acontecimiento simbólico diferente del único símbolo existente hasta su aparición, es decir, Dios.

Es de una aparente facilidad entender que los procesos de producción científicos difieren de otro tipo de procesos: los ideológicos, los religiosos, los mágicos.

Este mecanismo de producción de las ciencias tiene un distanciamiento de la realidad, hay una ruptura con la realidad y se va a producir después de las matemáticas cada vez que se produzca un concepto, es decir, cada vez que se produzca un símbolo va a acontecer este distanciamiento de lo real de la experiencia sensible.

Deberíamos plantear una especie de tesis que luego nos permita su desarrollo. Por ejemplo decir: entendemos por ruptura el efecto cuyo producto es la teoría fundada científicamente. Ruptura es la distancia puesta con la experiencia sensible.

Ruptura epistemológica es un tiempo sin retorno, en todos los casos producto efecto de un trabajo teórico, desde el cual podemos dar cuenta, como ideológico o precientífico, de todo lo que acontecía en el campo hasta el tiempo de la ruptura. En psicoanálisis la obra La Interpretaciónde los Sueños funda el campo psicoanalítico porque produce un objeto de conocimiento, el Inconsciente, y produce con este concepto un punto de ruptura, es el momento de la obra de Freud desde el cual podemos mirar todo lo anterior acontecido en el campo y denominarlo ideológico y precientífico.

Miro el sol, reconozco en el sol un astro celeste, reconozco su existencia, pero desconozco su movimiento real y confundo su movimiento aparente, sensible, con su movimiento real.

Miro el sol quiere decir percibo el sol, me manejo con nociones imaginantes, tengo una ideología acerca del sol y su movimiento, que me dictan mis sentidos. Proyecto una teoría con esta ilusión que generan mis sentidos. Arribo a la teoría ptolomeica donde, con ese conjunto de nociones imaginantes, construyo un sistema imaginario. ¿Por qué digo imaginario? Porque ya tenemos la teoría copernicana, porque puedo decir imaginario después del acontecimiento de la palabra que nos reúne: lo que llamamos ruptura.

Por lo tanto revolución copernicana es el momento en el cual Copérnico nos enseña que la percepción de nuestros sentidos, lo más evidente para nuestro hombre, es precisamente ilusorio. Esta revolución nunca se ha asumido definitivamente; lo más evidente en mí, mis sentidos, son los responsables de la producción de ilusiones, es decir, reconocen la realidad pero no saben de ella, sino aquello que padecen. Momento ideológico por excelencia: reconozco y al mismo tiempo, simultáneamente, desconozco. Por ejemplo, reconozco tener deseos, pasiones, sentimientos. Desconozco la dirección de mis deseos, el origen de mis pasiones. Padezco mis deseos como síntomas. Reconozco el fenómeno, me doy cuenta que el sol es un astro, que la tierra es un planeta, percibo una relación sistémica entre ese conjunto, pero desconozco el verdadero movimiento del sistema y confundo la apariencia con la verdad.

Desarrollo que la experiencia sensible con respecto al sol es imaginaria, en tanto produzco teóricamente. No me coloco en un lugar excéntrico del sistema solar con un avión, no me muevo de la silla donde estoy escribiendo y produzco la verdad estructural del sistema solar, que me dice que lo que yo veo estando parado sobre la tierra es una ilusión generada por el lugar que la tierra ocupa en el sistema solar.

Copérnico produce –con su producción teórica- una herida narcisista en la Humanidad. El Hombre, que tenía una concepción geocéntrica del universo, tiene que conformarse con que su planeta sea más pequeño y gire alrededor de otro centro. Esto sería haber transformado, haber producido un efecto cuyo producto es la teoría copernicana, heliocéntrica, fundamentada científicamente, que lee como ideológico y precientífico -ahora que está fundada- lo anterior, el campo del cual proviene.

Los habitantes del paleolítico cuentan con los dedos, cuentan hasta cinco, después de cinco es infinito. Los caldeos, los fenicios, los prepitagóricos de la escuela itálica, contaban con los nudillos. Formas mecánicas donde llegaban a efectuar algunos cocientes, algunas multiplicaciones, procesos de agregación.

Estoy yendo a la ruptura por excelencia, ya que por primera vez en el pensamiento contemporáneo (o lo que podríamos llamar pensamiento contemporáneo, como todo aquello que viene después de la escritura) hay una producción denominada científica. Producción que es de tal importancia para la producción de otras ciencias o de otros universos científicos, que, podríamos decir, la producción del número natural es el “inconsciente” de la producción científica en general.

Antes del número natural los intercambios se realizaban en la realidad entre objetos reales. En un lugar del intercambio estaban los dedos, el ábaco, las piedritas y en otro lugar del intercambio, también como objeto real, estaba lo que se iba a cambiar: vacas, mecheros.

Podemos decir, desde nuestro saber actual, que para que aquella operación fuera posible, los sujetos del intercambio tenían que tener un concepto imaginario de cantidad. Cuando yo pedía 3 mostrando mis dedos, si me daban más o menos que mis 3 dedos, ese registro imaginario de cantidad me hacía notar la diferencia. Registro imaginario de cantidad y registro imaginario de valor, en tanto, antes de la aparición de la producción de la serie de los números naturales, el hombre no solamente intercambiaba 3 por 3, sino que también intercambiaba 3 por 10. Tenía concepto imaginario de valor, intercambiaba 3 vacas por diez ovejas. Y esto no era porque el de las 10 ovejas era estafado por el de las 3 vacas, sino porque había un concepto imaginario de valor que decía que 3 vacas eran equivalentes a 10 ovejas.

Con la producción del número natural cae asesinado, como dicen los teóricos, uno de los conjuntos reales que intervenían en el intercambio. Cuando del criterio de agregación de elementos reales que se usaban para contar, un dedo y otro y otro, se pasa a la operación formal abstracta de la suma, ya que no necesito para el intercambio uno de los objetos reales. Ahora me guardo los dedos en los bolsillos y digo el número 3 que es un símbolo. La producción del símbolo permite ahora darle número a la cantidad sin necesidad del objeto real.

Reconozco mis deseos, padezco, inhibo, reprimo mis deseos, pero desconozco la estructura determinante de mis deseos.

Reconozco el sol, desconozco su movimiento real y confundo por real su movimiento aparente.

Desconozco la causa productora de mi deseo pero padezco y reconozco, en esa conducta, un deseo.

Toda ciencia proviene de un campo que por ahora nosotros vamos a llamar precientífico o ideológico. La ciencia, para ser, necesita trabajar materia prima. La materia prima, que se trabaja en lo que conocemos como producción de una ruptura, son las nociones.

No es materia natural, no es palabra, no son frases sueltas. Son nociones y las nociones son las unidades del discurso de la ideología. Si no me preguntan sé, si me preguntan no sé. Esto es lo que cualquier hombre puede llegar a decir de cualquier noción. Si no me preguntan por el tiempo sé, el tiempo de mi vida, el tiempo del amor, del trabajo, de mi descanso de mi excitación sexual. Si me preguntan por el tiempo no sé. No sé qué decir. Reconozco en mí el pasaje del tiempo, desconozco los instrumentos formales que me darían un conocimiento del tiempo.

Antes de la fórmula de la velocidad, por ejemplo, las nociones con las que trabajaba el campo físico (nociones de velocidad, de espacio, de tiempo) no podían concluir en una formulación tal que diera cuenta de esos procesos. Pero no eran simples imaginerías, eran nociones. Si un móvil llegaba más rápido que otro móvil recorriendo la misma distancia, podíamos decir que era más veloz, o podíamos ser un niño diciendo que eso era velocidad, o que el tiempo es algo que transcurre.

Estas nociones, unidades del discurso de la ideología física, no pueden producir una formulación abstracta, hasta que no se las trabaja con un instrumento proveniente de las matemáticas: las magnitudes geométricas.

La elemental física de Galileo acontece 2.000 años después del procesamiento de las magnitudes geométricas. Magnitudes geométricas que tomamos de la geometría, sin contenido, lo que tomamos es la abstracción y todas sus leyes. En ese vacío formal que la física toma de las matemáticas, es donde ahora vamos a generar una abstracción tal que me permita saber la velocidad, el tiempo y el espacio por la relación invariable que establezco entre ellos con el instrumento tomado de las matemáticas (el vacío formal del concepto de magnitudes geométricas -- = --, sus leyes de relación) y así llego, mediante un trabajo de producción teórica, al concepto formal abstracto donde velocidad es igual a espacio sobre tiempo, donde el tiempo es igual a espacio sobre velocidad y espacio es igual a velocidad sobre tiempo. Tengo un concepto formal abstracto.

Kant produjo una ruptura porque en un mundo esencial donde el conocimiento proviene de los objetos –y los objetos son divinos- pone un sujeto cognoscente; produjo por primera vez en la historia del conocimiento la posibilidad de acercarnos al mecanismo de producción de conocimiento.

Freud, retomando a Kant, explica que el sujeto había tenido tres heridas narcisísticas profundas: la revolución copernicana, la revolución de Darwin en tanto descentró al sujeto biológico, el hombre que era el centro de la cadena biológica pierde ese lugar y ahora es sólo eslabón de la cadena de los seres vivos. La tercera herida narcisística, dice Freud que pretende que así lo sea, es la producción de la teoría del inconsciente, que descentra al sujeto de la conciencia y lo supone determinado por un sistema más arcaico, diferente de la conciencia, que no sólo se diferencia de ella, sino que también la determina y la genera. Si la revolución copernicana nos muestra la certeza sensible como incapaz de producir conocimiento, la revolución freudiana nos muestra el pensamiento consciente como incapaz de producir pensamiento; subvierte el cogito cartesiano. Ese hombre que piensa donde es, porque la ideología que lo cobija es su ser consciente, se transformará en pienso donde no soy, en el inconsciente.

Podríamos decir que Freud omite la herida narcisística que produce el materialismo histórico, omite aunque no desconoce la teoría del valor, donde el sujeto social deja de ser el sujeto individuo para pasar a estar determinado por las relaciones sociales. Se descentra el sujeto social; no elijo ser una posición en el sistema de clases, sino que el conjunto de mis relaciones sociales determina mi posición en el sistema.

La lingüística, unos años después de la producción de La interpretación de los sueños, produce también su objeto de conocimiento –que como en todos los casos que estamos viendo- nada tiene que ver con la cosa. Y así como en 1900 hay una separación definitiva entre el inconsciente y la conciencia, en 1906/07 la lingüística produce una separación definitiva entre la palabra y la cosa.

Todas estas producciones hacen que el hombre viva una serie de descentramientos, que descubra o produzca relaciones de él con los otros y de él con el universo, donde en todas aparece como una parte excéntrica del sistema que se compromete a descubrir o a producir. Es como si todas estas ciencias fueran descubriendo una carencia en el hombre, carencia de la cual, pareciera ser, se parte para poder ser.

El inconsciente, en su expresión, nunca va a coincidir con aquello que es, en tanto para su expresión, por su manera de haber sido constituido, necesitará una transformación.

Necesitamos como un pensar a contratiempo para ingresar en estos campos de las ciencias conjeturales. Las prácticas científicas no pueden ser prácticas teóricas solamente ni prácticas técnicas solamente. Parece ser que la actividad científica se caracteriza por una compleja articulación entre la práctica teórica y la práctica técnica. Esa articulación compleja, de la idea sensible al concepto formal abstracto, y del objeto formal abstracto a la determinación del objeto sensible.

Esto sólo lo podemos decir una vez operada la ruptura. Una ciencia, un campo teórico, produce una ruptura que lo transforma en ciencia cuando se ha producido el objeto de conocimiento.

Antes de la producción del objeto de conocimiento, el inconsciente, era absolutamente imposible saber nada de la realidad inconsciente, no podía haber práctica científica.

¿Qué tiene de malo la práctica ideológica? Solamente que es ciega a su determinación, no puede prever los resultados, y frente a cualquier obstáculo de la realidad se transforma.

Inconsciente, objeto de conocimiento con el cual ahora voy a la práctica técnica psicoanalítica, llevando el objeto de conocimiento como instrumento; el concepto inconsciente y la articulación con los conceptos de campo. Instrumento con el cual las ciencias van a transformar la realidad, van a ejecutar la práctica técnica.

Antes de la ruptura, en el trabajo precientífico voy desde el objeto sensible a la formulación del objeto formal abstracto. Después de la ruptura cambia el sentido de la investigación: voy desde el objeto de conocimiento, de los objetos formales abstractos, a la determinación de lo real. En las ciencias conjeturales lo real no existe sino al final. Lo real sólo existe después de haber producido el objeto de conocimiento y sólo existe después de haber producido el objeto de conocimiento y transportarlo a la práctica técnica como instrumento, y ahí recién conozco el inconsciente de una persona determinada, objeto real.

En psicoanálisis hablamos de una ruptura a nivel teórico, filosófico y a nivel ideológico. Estamos hablando de la ruptura teórica: aquel descentramiento que produce la teoría del inconsciente en el sujeto del inconsciente respecto de su conciencia. La ruptura filosófica es donde el psicoanálisis, como modo de producción científica, parte para investigar el campo, del último efecto producido por el sistema, es decir, ya no es una ciencia de causas. Cuando estudio los sueños, en lugar de empezar la investigación en el deseo inconsciente, la causa de la producción del sueño manifiesto, como hubiera hecho Laplace, quien pensaba que si poseía todas las causas, podría determinar la producción de todos los efectos. Positivismo lógico. Freud, a partir del último objeto del sistema, el sueño contado, es decir, deformado por el soñante, la palabra, el síntoma, no la parálisis braquial, produce una ruptura en el lugar donde determina cuáles son los procesos del conocimiento científico.

Por lo tanto el psicoanálisis es una ruptura filosófica al determinar que el proceso de investigación psicoanalítico es un proceso que parte de los efectos, determina una ruptura filosófica en el lugar donde la filosofía habla de la producción del conocimiento. Por lo tanto el psicoanálisis puede ser una de las ciencias piloto para la redefinición de la filosofía.

Si parto del efecto y voy reconstruyendo operaciones, entonces interpreto la causa. Tengo el sueño manifiesto, la asociación libre determinada técnicamente y ahí luego hago construcción de operadores y digo, desplazamiento y condensación, puesta en escena, simbolización. Con esto construyo, interpreto la existencia de una fuerza capaz de actuar sin mostrarse. Una fuerza que proviene de un lugar diferente de donde acontece el hecho, pero que tiene la capacidad de producirlo. Construyo, interpreto una fuerza a la que denomino: deseo inconsciente. Después de hacer esta construcción teórica, debemos especular que el trabajo real del sueño es el siguiente: la materia prima es el deseo inconsciente, los instrumentos que actúan sobre el deseo inconsciente son la condensación y el desplazamiento y se produce el sueño manifiesto –trabajo real del sueño-. Si pensamos que el psicoanálisis tendrá que inscribirse socialmente en lo que normalmente se llama salud mental, pedagogía, familia, tendríamos que pensar que sería mejor poder regular y prever las transformaciones, tanto las pedagógicas como a nivel de la salud y la familia. Y si no disponemos de una estructuración teórica, si sólo disponemos del bienestar que nos brinda la ideología, nunca podremos regular ni prever las transformaciones producidas. Esto quiere decir que comienzan a complicarse las cosas. No es que el trabajo ideológico no produzca efectos, el trabajo ideológico produce efectos. La psicología conductista también cura pacientes, el psicoanálisis kleiniano, la medicina general, el arte de bordar, los viajes rápidos a Grecia, también curan pacientes. Pero estos métodos, aplicados al campo psíquico, no pueden regular ni prever los efectos que producen. Por lo tanto no pueden hacer ni diagnóstico, ni pronóstico, ni plan de tratamiento.

Si algo vimos hasta aquí, nos permitimos pasar de los caldeos a 1895, donde la conciencia era el centro de todos los fenómenos psíquicos, donde la histeria era confundida con un capricho o, en la mayoría de los casos, como una producción orgánica que afectaba, no se sabía por qué, los procesos psíquicos.

En este campo precientífico (anterior a La interpretación de los sueños) Freud comienza a trabajar sus primeros escritos. Él es el más grande de los conciencialistas, el último.

Quiero decir que una lectura productiva de la obra de Sigmund Freud requeriría también una lectura epistemológica de su obra, en tanto Freud no es todo el tiempo aquel que produce el concepto inconsciente. Él también es un racionalista que duda. También sueña si va a terminar creyendo que los procesos psicológicos se transforman psicológicamente, o si cuando el proceso psicológico ha invadido el cuerpo debe aplicar la medicina, la biología, para su tratamiento (análisis del sueño de Irma).

La producción teórica se moviliza y se cuestiona en contacto con el experimento. Es Anna O. la que le dice a Breuer, por favor déjeme hablar, es Emma la que le dice a Freud, no me hipnotice más, cambie de técnica, la hipnosis no sirve para el objeto que usted está investigando, el inconsciente.

Como Freud tenía intención que su tarea sea científica, no sólo modifica la técnica, sino que va a revisar la teoría. Es Emma quien le dice, por favor, déjeme contar los sueños. Y es Elizabeth quien lleva a Freud en la relación transferencial a que escriba el Proyecto de Psicología. Producción en la que Freud intenta dar un fundamento científico a su descubrimiento. Y científico para Freud en 1895 era con el modelo de las ciencias naturales.

Es también Elizabeth quien dice a Freud, por favor no me interrumpa. Hablar y soñar sin interrupción son características fundamentales del objeto inconsciente.

Palabras que nunca escuchamos o si escuchamos estaban articuladas de otra manera. Todo eso ocurre en la página donde Freud escribe qué es el sistema inconsciente por primera vez en la historia de la psicología, cuando Freud produce el objeto formal abstracto: Inconsciente. Se produce; si después no cristaliza social o ideológicamente no es un problema de la ciencia, es el problema de la transformación de la sociedad en la cual la ciencia colabora como cualquier disciplina, es decir, en la articulación de las prácticas. Es un problema de la ciencia en el lugar donde le corresponde practicar con otras disciplinas un conjunto armónico de transformación. La ciencia es importante en el campo científico que se quiere producir; vamos a hablar del hombre psicológico, del ser psíquico, y ahí es importante la ciencia.

La importancia de la ciencia, hemos visto, es relativa. En el gran mundo, dentro de la metáfora de todo lo posible que es la realidad, la ciencia es un punto minúsculo, que sabe todo pero solamente de aquello que determina. Del inconsciente que se reprime para poder un hombre social, de eso el psicoanálisis lo sabe todo, pero solamente de eso. El inconsciente que se reprime por otros motivos o que no se reprime o que aparece como magia o como ideología, no es objeto del psicoanálisis.

Así como el principio de constancia fue tomado por la ciencia, instrumentado, redefinido y fue útil para la producción de una ciencia de lo intersubjetivo, el instrumento teórico psicoanalítico, su concepto de inconsciente, puede ser redefinido en otras prácticas ideológicas y transformarlas en prácticas científicas. Desde 1930 se trata de trabajar en el campo de la ideología, tratarla con el instrumento psicoanalítico, ya que se sabe desde Marx que la ideología es inconsciente. Llevados por la similitud de las palabras y de las posibilidades, varios científicos intentaron esta unión entre psicoanálisis y marxismo. Desde las equivocaciones sexuales de Reich dentro del campo, hasta las equivocaciones de Marcuse, hasta los errores filosóficos de la escuela italiana, incluido Luporini, que fue uno de los primeros en decir, desde el marxismo, que el psicoanálisis podría ser instrumento teórico para la producción de una teoría de las ideologías.

Quisiera dar a entender que no quiero ser puntual, que seguramente por otros motivos que los que diré, la Escuela de París, Althusser entre ellos, aunque los resultados eran diferentes, les guía el mismo principio que a los marxistas italianos. Es decir, parten de un déficit teórico, punto de partida para que otra ciencia, el psicoanálisis, pueda ser un instrumento de lectura de las ideologías. A partir de ese momento se está tratando de procesar si el Psicoanálisis es o no una ciencia.

El discurso de Mario Bunge se inscribe dentro de esta polémica. Es muy importante para el positivismo lógico, negar la cientificidad del psicoanálisis, el psicoanálisis pasaría a ser el instrumento de precisión en el campo de las ideologías.

Esto dio de ganar al marxismo en el sentido que el marxismo carecía, hasta el acontecimiento del psicoanálisis, de una teoría del sujeto. Como precisamente Marx lo dice, esto que estoy explicando no sirve ni para el amor, ni para el arte. Si no sirve ni para el amor ni para el arte, no sirve para el sujeto. Por lo tanto, la teoría del valor o la teoría de la historia no sirve, no da cuenta del sujeto del arte y del sujeto del amor. No era posible una revolución –como la historia lo demuestra- cambiando solamente las estructuras de producción de mercancías. Era necesario para la revolución, cambiar las estructuras de producción de mercancías, de la producción de ideología, de la producción de amor y de la producción de arte.

Eso estaba más independiente de lo que se suponía de la infraestructura. Entonces, Marx escribe dos prólogos al Método de la Economía Política. Uno en el 57 y otro en el 59. El que funciona en los partidos marxistas, en los gobiernos comunistas, es el segundo prólogo, donde él aclara que la infraestructura económica es la estructura determinante. Sin embargo, en el prólogo del 57 Marx muestra claramente cómo sin una dialéctica precisa entre la infraestructura y la superestructura, es decir, la ideología, el amor, el arte, la ley, era absolutamente imposible la transformación de las estructuras.

No bastó la transformación de la estructura económica de producción para que la familia cambiara de padecer y de parecer. Después de cincuenta años, en la Unión Soviética las familias vuelven a recuperar a sus hijos, el gobierno soviético prefiere ahora que la mujer embarazada, a punto de tener el niño, tome vacaciones. Esto es un triunfo de la familia sobre el estado comunista soviético en tanto éste había decidido -y esto duró cincuenta años- que los niños al nacer pasaban a las guarderías del Estado para que la madre no abandonara la producción. Y eso que era una reivindicación de la mujer: se transformó en una vuelta de la mujer al hogar, a cuidar a sus hijos, es decir, a ser la dueña una vez más de la ideología que va a transmitir a su pequeño vástago.

Sin una transformación de los modelos ideológicos que forman la familia, que forman a los hijos, que educan a los adolescentes y que enseñan a los universitarios, no puede haber transformación de las sociedades ni de las relaciones de los hombres y mujeres de esas sociedades.

Lo más interesante que quiero mostrar, es que entre el prólogo del 57 y el prólogo del 59 de Marx, la única diferencia es que el primero era muy difícil de hacerlo político, era demasiado teórico, hablaba de una armonía entre la producción de la mercancía y la producción de sentido, entre la ley que regulaba el trabajo y el contrato de trabajo. No como nosotros sabemos que la ley que regula el trabajo se genera en la fábrica; la ley no se genera entre los legisladores del trabajo, sino entre el patrón y el contrato que según el grado de desempleo obtiene plusvalía absoluta o relativa, y desde ese contrato de trabajo eso se jerarquiza como ley.

El prólogo del 59 pasa porque pasa la ideología, porque entre las dos cosas que hubiese preferido Marx: que se procesara teóricamente la realidad, los marxistas hemos preferido hasta ahora procesar ideología. Marx llega a decir que no vayan a pensar que un burgués es un señor con cadena de oro en el vientre. Eso que normalmente se utiliza para muchos motivos, ha servido para mostrar cómo la historia del hombre es discontinua, para mostrar que no hay ninguna sociedad eterna, ni siquiera la sociedad burguesa, que toda sociedad es producto histórico de la transformación de una sociedad anterior. Por lo tanto, toda sociedad puede generar otra sociedad.

El marxismo produce este punto de discontinuidad histórico sin el cual el hombre no sería hombre. Si nada hubiese pasado entre el mono y nosotros, si no hubiese habido una discontinuidad, si no se hubiese producido una ruptura, no seríamos hombre, seríamos mono.

Lo fundamental de esta teoría, para nosotros, es el tiempo que maneja el marxismo, el que maneja el materialismo histórico, el que impone la palabra recurrencia, es decir, que yo no podría -diría Marx-, en la sociedad feudal, saber que iba a venir la sociedad burguesa. Pero puedo, desde la sociedad burguesa, leer en la sociedad feudal, aquellas causas que produjeron la sociedad burguesa. En la sociedad burguesa actual no puedo saber qué va a pasar después, pero puedo, después de pasado, encontrar desde ahí, en esa prehistoria, los modos en que se produjo esa nueva situación.

Y así, de esa manera, debemos entrar en lo que se llama el tiempo del psicoanálisis. Freud, en la desesperación en demostrar que el tiempo del inconsciente era diferente al tiempo de la conciencia dijo: en el inconsciente no hay tiempo. Con esto quería decir que el tiempo del reloj no sirve para medir el tiempo de los procesos inconscientes.

Son varias las rupturas que se producen con la producción del inconsciente. Una ruptura con respecto a la conciencia, en tanto el centro del psiquismo humano no será más la conciencia sino el inconsciente. Una ruptura con respecto a la filosofía de la producción científica, en tanto parte de los efectos últimos del trabajo inconsciente, el habla y, por un trabajo de interpretación psicoanalítica, produce la estructura determinante de dicho efecto. No tiene primero la causa y luego el efecto. Parte de los efectos, los trabaja como materia prima -como materia natural ya trabajada- y, por un proceso de construcción, produce teóricamente la estructura que lo determina. El tiempo de este proceso va de adelante para atrás y no de atrás para adelante como el tiempo del reloj.

El tiempo del inconsciente es el futuro anterior, que es un tiempo diferente al de nuestra conciencia, al que usamos cuando vivimos nuestra vida cotidiana. Decimos, entonces, que el inconsciente produjo también una ruptura con respecto a la vida.

Cuando mi mamá me quita el pecho a los cuatro meses no me doy cuenta de nada. Me doy cuenta cuando dentro de unos años –que pueden ser 1, 2 ó 35- comprendo que los niños pequeños toman el pecho. El inconsciente se constituye por après coup, por recurrencia, por acción diferida, funciona en mí sin que yo sepa nada de él, pero es un saber que sin saber poseo. Y éste es el nuevo campo ideológico que abre el psicoanálisis: el de un saber no sabido por el sujeto.

Y si sangra el hombre por varias heridas, con la producción del inconsciente, fue también una herida (creo del mismo calibre) decirle al hombre que la vida sexual tenía tamaña importancia en su vida psíquica.

 

Miguel Oscar Menassa Chamli
 
 
 

La Rosa de Paracelso

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló.

-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

-Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.

-Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.

-Estás equivocado ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

Paracelso se había puesto en pie.

-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.

 -Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso le miró con tristeza.

-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:

-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

JORGE LUIS BORGES
Argentina, 1899

 
 
 
 

Poesía y Psicoanálsis (fragmento de conferencia)

Miguel Oscar Menassa

 

[...] En la intención no de afirmar mi discurso, sino, más bien, diluirlo y por otra parte ejemplificando, diré, que antes de la producción del Número Natural, en el mundo terráqueo, antes de la operación formal, suma, el símbolo humano quedaba reducido a lo proveniente de Dios y lo que del Verbo divino se trasmuta en metáfora poética. Tiempos donde el concepto de verdad no podría ser otro que el de verdad revelada, donde verdad es lo que se muestra en su estructura más profunda, más valedera, más absoluta, última, pero a pesar de eso es la experiencia sensible la que regula dicha verdad, ya que la verdad se trataría de descubrir a través de lo sensible y de las ilusiones sensoriales, el secreto, el misterio que anida en todo campo de la realidad. Y siempre se requieren ciertas condiciones para que lo que es se muestre. Esto viniendo de San Agustín tiene su expresión moderna en la filosofía de Heidegger, que termina diciendo que verdad es mostración, presentación, descubrimiento. La realidad como la verdad son la palabra de Dios.

En la realidad la palabra de Dios permanece, misteriosamente oculta y en la verdad, la palabra de Dios es palabra revelada, que una vez descubierta se muestra siendo la realidad, porque realidad y verdad son para Dios y para casi todos los filósofos contemporáneos, el mismo verbo.

Después, como decíamos, las ciencias nacientes (aritmética, geometría y luego la física), determinan el desarrollo de una nueva concepción de la verdad y por lo tanto, si ustedes se animan a pensarlo, una nueva concepción de la vida del hombre.

El primer planteo que se cuestiona la verdad, define el campo de la verdad en una relación. La relación del conocimiento y la realidad a nivel de existencia, es decir la relación entre el pensamiento y la existencia. Y sobre estos dos momentos se trabajan todas las soluciones de la verdad. Se prescinde de definir esa doble instancia, la real y la del conocimiento, para después definir en distintos términos contradictorios tesis que afirman existencia de lo real, o bien, tesis que suspenden la consideración de la existencia de lo real, o bien, que afirman la preeminencia del pensamiento.
Este primer planteo proviene de la filosofía antigua y allí se consideraba la caracterización de la verdad como un problema relacional. La relación del conocimiento (como proposición o como juicio) y los contenidos reales. La verdad resultaba de la relación de las proposiciones y su contenido, o su referencia intencional, o su conformidad o no conformidad con lo real.
Aristóteles dirá, negar lo que algo es, supone falsedad, lo cual también dice que verdad es afirmar lo que es, pero resulta que este "es" de Aristóteles remite a la experiencia, es la experiencia la que tiene que convalidar el valor de la verdad y es aquí donde se abren todos los criterios contemporáneos de verdad, todas las esencias actuales de la verdad. Esta primera verdad en función de una relación de conformidad, abierta por Aristóteles e iniciada por Platón, tiene su culminación en la filosofía escolástica que es la que acuña las fórmulas definitivas de la verdad.

La verdad es adecuación del intelecto a la cosa.

La verdad es adecuación de la cosa al intelecto.

Y una fórmula de conciliación, la verdad es adecuación del intelecto y la cosa.

Y ahora para modernizarnos aún más sin llegar a la verdad, si se afirma la preeminencia de lo conocido (en la fórmula anterior, la realidad) tenemos la fórmula del objetivismo. Si se afirma la preeminencia de las elaboraciones intelectuales, tengo la fórmula del subjetivismo. Si defino estas dos fórmulas ahora tengo posibles soluciones de interaccionismo o de conciliación, el intelecto determina la realidad, pero la realidad determina el intelecto y así tendríamos en apariencia una fórmula simétrica, ese interaccionismo se encuentra en las filosofías más modernas.

Y es que la:
Verdad es revelación.
Verdad es adecuación.
Verdad es coherencia.
Verdad es conformidad.
Verdad es lo útil.

Y sin necesidad de preguntarnos por la verdad verdadera, apuntaremos que para Freud la verdad no es adecuación, no es relación, no es revelación que surge allí, ni tampoco es el acuerdo con un sistema, sino que verdad para Freud, redefinida desde construcciones en psicoanálisis, es proceso.
Es decir que para definir una teoría más integrada de la verdad es necesario reformularse la filosofía, que hoy no vamos a hacer eso, pero sí señalar al psicoanálisis como la ciencia piloto en la redefinición de la filosofía y hacernos, ahora, ya que estamos conversando, una pregunta. ¿Qué relación tienen los procesos legales de las estructuras materiales con las elaboraciones del conocimiento científico? Al hacemos esta pregunta, tenemos que saber que intentamos pensar lo impensable en los términos de todas las proposiciones filosóficas anteriores.

¿Cómo el conocimiento va a poder entrar en la realidad?

¿Cómo nuestro conocimiento de la mesa va a entrar en la mesa?

El conocimiento entra en la realidad cuando dispongo del proyecto que la produce. Es decir, que nuestro conocimiento de la mesa, entra en la mesa cuando el carpintero tiene el proyecto que la realiza. Estas nuevas aproximaciones plantean un tiempo donde el ser del objeto, producto efecto de un proceso de trabajo, es simultáneamente materia y al mismo tiempo, razón.

Y no precisamente, porque una teoría haya ido caminando a meterse en el propio corazón de la materia prima para encontrar la verdad, sino que la verdad, por fin, es producto efecto de un proceso de trabajo. Y esto como vemos es un nuevo materialismo que si nos olvidamos de la ciencia de la historia, Freud abre, con la teoría del inconsciente. Donde la dialectización de este tipo de verdad está puesta por el error, la verdad surge, entonces, de la rectificación de los errores, y ésta es la fuente fundamental de la producción de la verdad, tanto psicoanalítica como poética. Y ahora pareciera que a algún sitio hemos llegado. [...]

Miguel Oscar Menassa

 
 
Nota de Cartagena99.com: Este es un texto prepsicoanalítico. Lo quiero publicar porque me parece que el profesor tiene muchas horas de clase a sus espaldas y se nota. Lo de pensar que las materias se pueden dominar es una teoría antigua. Las materias no se dominan si no que se trata de dejarse dominar por las materias si es que queremos aprender. George Póya fué coetáneo de Freud, es una pena que no se hubiese interesado más sobre psicoanálisis. No cometeremos el mismo error.
Disfrutad el texto.
Kepa Ríos Alday
Director de Academia Cartagena99

Los diez mandamientos del Profesor
(George Pólya (1887-1985))

1. Demuestre interés por su materia. Si el profesor se aburre, toda la clase se aburrirá.

2. Domine su materia. Si un tema no le interesa personalmente, no lo enseñe, porque no será Vd. capaz de enseñarlo adecuadamente. El interés es una condición necesaria, pero no suficiente. Cualesquiera que sean los métodos pedagógicos utilizados, no conseguiréis explicar algo claramente a vuestros estudiantes si antes no lo habéis comprendido perfectamente. De ahí este segundo mandamiento. El interés es el primero, porque, con algunos conocimientos junto con una falta de interés, se puede uno convertir en un profesor excepcionalmente malo.

3. Sea instruído en las vías del conocimiento: el mejor medio para aprender algo es descubrirlo por sí mismo. Se puede obtener gran provecho de la lectura de un buen libro o de la audición de una buena conferencia sobre la psicología del acto de aprender. Pero leer y escuchar no son absolutamente necesarios y en todo caso no son suficientes : hay que conocer las vías del conocimiento, estar familiarizados con el proceso que conduce de la experiencia al saber, gracias a la experiencia de vuestros propios estudios y a la observación de vuestros estudiantes.

4. Trate de leer en el rostro de sus estudiantes, intente adivinar sus esperanzas y sus dificultades; póngase en su lugar. Aunque uno se interese por el tema, lo conozca bien, se comprendan los procesos de adquisición de los conocimientos, se puede ser un mal profesor. Es raro, pero muchos hemos conocido profesores que, siendo perfectamente competentes, no eran capaces de establecer contacto con su clase. Ya que la enseñanza del uno debe acompañarse por el aprendizaje del otro, tiene que existir un contacto entre el Profesor y el estudiante. La reacción del estudiante a vuestra enseñanza depende de su pasado, de sus perspectivas y de sus intereses. Por lo tanto, téngase en consideración lo que saben y lo que no saben; lo que les gustaría saber y lo que no les importa; lo que deben conocer y lo que no importa que no sepan.

5. No les deis únicamente "saber", sino "saber hacer", actitudes intelectuales, el hábito de un trabajo metódico. El conocimiento consiste, parte en "información" y parte en "saber hacer". El saber hacer es el talento, es la habilidad en hacer uso de la información para un fin determinado; se puede describir como un conjunto de actitudes intelectuales; es la capacidad para trabajar metódicamente. En Matemáticas, el "saber hacer" se traduce en una aptitud para resolver problemas, construir demostraciones, examinar con espíritu crítico soluciones y pruebas. Por eso, en Matemáticas, la manera cómo se enseña es tan importante como lo que se enseña.

6. Enseñadles a conjeturar. Primero imaginar, después probar. Así es como procede el descubrimiento, en la mayor parte de los casos. El profesor de Matemáticas tiene excelentes ocasiones para mostrar el papel de la conjetura en el campo del descubrimiento y hacer así que los estudiantes adquieran una actitud intelectual fundamental. La conjetura razonable debe estar fundada en la utilización juiciosa de la evidencia inductiva y de la analogía, y encierra todos los conocimientos plausibles que pueden intervenir en el método científico.

7. Enseñadles a demostrar. "Las matemáticas son una buena escuela de razonamiento demostrativo". De hecho, la verdad va más allá: las matemáticas pueden extenderse al razonamiento demostrativo, que se infiltra en todas las ciencias desde que alcanzan un nivel matemático y lógico suficientemente abstracto y definido.

8. En el problema que estéis tratando, distinguid lo que puede servir, más tarde, a resolver otros problemas - intentad revelar el modelo general que subyace en el fondo de la situación concreta que afrontáis. Cuando presentéis la solución de un problema, subrayad sus rasgos instructivos. Una particularidad de un problema es instructiva si merece ser imitada. Un aspecto bien señalado, en un problema, y vuestra solución puede transformarse en un modelo de resolución, en un esquema tal que, imitándole, el estudiante pueda resolver otros problemas.

9. No reveléis de pronto toda la solución; dejad que los estudiantes hagan suposiciones, dejadles descubrir por sí mismos siempre que sea posible. He aquí una pequeña astucia fácil de aprender: cuando se empieza a discutir la solución de un problema, dejad que los estudiantes adivinen su solución. Quien tiene una idea o la ha formulado, se ha comprometido: debe seguir el desarrollo de la solución para ver si lo que ha conjeturado es exacto o no, con lo que no puede despistarse. Voltaire decía: "El secreto para ser aburrido es decirlo todo".

10. No inculquéis por la fuerza, sugerid. Se trata de dejar a los estudiantes tanta libertad e iniciativa como sea posible, teniendo en cuenta las condiciones existentes de la enseñanza. Dejad que los estudiantes hagan preguntas; o bien planteadles cuestiones que ellos mismos sean capaces de plantear. Dejad que los estudiantes den respuestas; o bien dad respuestas que ellos mismos sean capaces de dar.

 
(George Pólya (1887-1985))